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Elizabeth Duval: “Las reglas del mercado dominan nuestras relaciones”

Sara Vila | EFE Madrid - 23 marzo, 2020

“¿Te gusta que me convierta en tu producto de consumo? ¿Te identificas conmigo? ¿Cómo me mirarías después de leer este libro? ¿Vas a querer reprocharme que eso no sucedió así tal cual lo estás contando?”.

Estas son algunas de las muchas preguntas que Elizabeth Duval (Alcalá de Henares, 2000), una intelectual convertida en estrella mediática, hace al lector a lo largo de su primera novela ‘Reina’ (Caballo de Troya), una historia de iniciación en clave autobiográfica en la que especula sobre las posibilidades de la autoficción y reflexiona sobre el deseo, la nostalgia o los efectos de la política y el capitalismo tardío en las relaciones afectivas.

Pregunta.- ¿Cuál era su intención a la hora de escribir el libro? Ha aparecido definido como una autobiografía, pero a la hora de leerlo se aprecia en él una crítica al género.

Respuesta.- Es una cosa que va cambiando. En un principio, yo me propuse construir un dispositivo literario a partir de la vida. Luego, inevitablemente, lo que acabo haciendo es criticar la autovisión en la literatura del yo desde la literatura del yo, porque al escribir algo así es cuando te das cuenta de la imposibilidad de una sinceridad auténtica en la literatura del yo, lo cual no quiere decir que no haya intimidad y sinceridad en ‘Reina’, que la hay, pero sí que hay una intención muy fuerte, sobre todo al final, de criticar esa literatura de autoficción que luego hace leer todo el libro de manera distinta.

P.- En el libro, escribe lo siguiente: “Creo que asumirás que todo esto tiene buena parte autobiográfica […] No sé si lo harías si yo fuera un hombre y mis palabras tuvieran el peso que tiene la literatura”. ¿Considera que a las obras de las escritoras se le otorga de base una carga autobiográfica que a los hombres no se les da?

R.- Absolutamente. Pienso con eso con Anna Pacheco, que se ha cansado de repetir que su libro (“Listas, guapas, limpias”)  no es una autoficción, que es una novela. A los hombres, sin embargo, no se les mira con esa lupa, porque existe esa concepción de que las mujeres tienen que escribir literatura íntima, del yo, una literatura que para el canon cultural es como de segunda clase. Y eso me parece muy problemático porque son mecanismos que operan ahí y que muchas veces operan silenciosamente, no se habla de ello. Es como: “vosotras las mujeres está bien que escribáis, siempre y cuando estéis hablando de vuestros asuntitos de mujer”, o sea, siempre y cuando vuestra cuestión sea el feminismo, y eso sí que me parece una expresión de machismo y relegación en el mundo cultural.

“Existe la idea de que las mujeres tienen que escribir literatura íntima”

P.- En el libro, hace varias reflexiones sobre el deseo, la industria y el consumo. ¿Cree que dentro del capitalismo todos somos objetos de consumo?

R.- Yo creo que existe la cuestión del consumo constante, que nuestras relaciones afectivas también están marcadas por las reglas y estructuras del mercado. Es un poco inevitable dentro de la sociedad en la que vivimos, y se da de una manera particularmente muy bruta con los sujetos culturales y las figuras públicas.

P.- Precisamente, usted es una figura pública desde muy joven. ¿Cree que durante este tiempo la gente ha ido deshumanizandola hasta convertirla en el personaje de Elizabeth Duval, olvidando a la persona que hay detrás?

R.- Absolutamente. Me da la sensación de que, en un momento de relevancia pública, parece que todo lo que digas en twitter tiene que tener la intención de provocar una polémica a mala fe. O sea, no se concibe que realmente haya una persona detrás del personaje de Elizabeth Duval, sino que, como puramente se ve como un personaje público, todo está justificado. Las amenazas de muerte, los insultos… Todo puede suceder, y yo creo que es algo que en estos tiempos recientes sí he vivido.

P.- ¿Qué supuso para usted mudarse a París, donde no es una figura tan mediática?

R.- A mí París me ayuda mucho a estar en una esfera completamente apartada y relajada que no tiene nada que ver con lo que es España. Pero, aun así, con la presencia de las redes sociales tiene esa experiencia de vida casi esquizofrénica, porque al mismo tiempo que no eres nadie en el día a día de la vida en París estás recibiendo feedback todo el rato. Yo creo que desligarse del todo es imposible.

P.- En el libro, tanto usted como sus amigos parecen estar buscando “algo que ya no existe”. ¿Considera esta nostalgia algo propio de la generación millennial?

R.- A lo mejor se ve más claro en nuestra generación, pero para mí es una cosa mucho más viva y existente en todo el ser humano. Me recuerda mucho al concepto psicoanalítico de la falta, o sea, la ausencia de algo, que es lo que hace que exista el deseo, al fin y al cabo. Y en ese sentido, a mí me parece que la búsqueda de lo que no se puede tener, de lo que no se puede desear, es algo que podemos aprender a gestionar, pero de lo que es imposible escapar del todo. El libro acaba girando como empezaba al principio, pero en vez del ennui, del aburrimiento, al final es el deseo lo que prevalece.

P. – En ‘Reina’, uno de los personajes decide romper la relación amorosa que mantiene con usted por la diferencia de edad y la posible relación de poder que se puede establecer entre ambas. ¿Cree que la política influye a la hora de relacionarnos con otras personas?

R. -Muchas veces sí, es una cosa que también me ha pasado con amigos que, en un momento en el que hay un montón de polémicas y críticas hacia mi persona, se han distanciado muchísimo de mí. Y creo que sí que afecta, es lo que analiza este capítulo. Es como que hay un discurso de que son tan poderosas las relaciones de poder imaginarias que puedes concebir con este sujeto que decides que no hay nada que hacer y lo mejor es cortar la relación de raíz. Pienso que sí se mezcla y que es muy complicado que no se mezcle la política con la relación afectiva, porque muchas veces es más fácil hablar de política que de afectos.

“Es complicado que no se mezcle la política con la relación afectiva”

P.- Otro de los aspectos más destacables del libro es la rapidez con la que los personajes pasan de una emoción a otra. ¿Piensa que la velocidad a la que vivimos afecta a nuestra manera de relacionarnos?

R.- Sí, creo que esta idea del “tiempo muerto” de la que nos mentalizamos tiene como consecuencia una aceleración de los afectos, o sea, el encariñarse o pasar al odio va a una velocidad rapidísima y, además, las redes sociales e internet fomentan estos fenómenos. La necesidad de un nuevo estímulo es constante, y pienso que esto también afecta a nuestras vidas y a nuestras relaciones afectivas.

P.- ¿La preocupación por el cambio climático también puede afectar a esta aceleración?

R.- Totalmente. No es que pensemos en ello, pero está ahí parada en la conciencia colectiva la idea de que no hay futuro, de que solo existe el presente, lo que lleva a la exaltación del tiempo presente.

P.- En el libro, escribe que “nada me llena y apenas tengo tiempo”. ¿Cree que este vacío es intrínseco al ser humano?

R.– Yo creo que es imposible que algo llene y colme completamente, pero que sí es posible desear y disfrutarse de los afectos. Creo que la salvación, en este sentido, está siempre en el otro, que es con lo que acabo el libro en los agradecimientos: lo literario es la amistad. Eso es de lo más importante, realmente. Para mí, la solución está en un profundo enamoramiento, tanto en la amistad como en las relaciones afectivas de amor, con el otro. La vida en común es la manera que tenemos de seguir estando vivos.

P.- ¿Es este el mensaje que le gustaría transmitir con el libro?

R. -No sé, no quiero transmitir ningún mensaje. Pero me gustaría reflejar que, aunque en la vida hay momentos ultranegativos, si hay salvación, está en el otro.