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“Me desperté con dos inviernos a los lados” o el maltrato atávico contra la mujer

Portada de la Novela "Me desperté con dos inviernos a los lados", de Elsa Veiga. Publicada por Tres Hermanas. Imagen de Alison Scarpulla.

Miedo, culpa, moratones, chillidos, el alma y el cuerpo menguados por una sombra permanente… y grandes silencios. Todo eso se da dentro de las paredes de una casa normal y corriente en una gran ciudad. En una familia cuyo ambiente doméstico y opresivo es invisible para el resto del mundo. Es la atmósfera que describe “Me desperté con dos inviernos a los lados”, la novela que la narradora, poeta y editora  Elsa Veiga acaba de publicar en Tres hermanas”. Pero esto es solo el principio…

Y es que Veiga (Santiago de Compostela, 1972) consigue con esta ficción, que se podría leer en colegios e institutos, meter el bisturí a fondo en  el tema de la violencia machista, el maltrato, el abuso de poder, la soledad, la culpa,  los roles de género, la educación, las mujeres o el patriarcado. Todo ello como si de un cuento negro o gótico se tratara y con una eficacia que hace que el lector se implique.

P.- ¿Cómo nace este libro?

R.- El libro lo concebí hace diez años, en un momento en el que no se hablaba, como ahora, de violencia de género, de feminismo. Las muertes de mujeres asesinadas por sus parejas se consideraban sucesos violentos sin más, hechos aislados que ocurrían lejos de nosotros, de los seres racionales y cautos que habitan la sociedad civilizada. Conocía experiencias de mujeres muy cercanas (también de algunos hombres) que tenían muchos puntos en común Y pensé que sería fascinante contar ese maltrato atávico como una maldición incontrolable, partiendo de mi pasión por los cuentos de hadas oscuros y un poco malsanos de Andersen y Grimm en los que siempre hay alguna muerte, sangre, destrucción por parte de alguna bestia que somete a las mujeres.

Me fascinaba ese componente fantástico y creí que no sería difícil llevarlo al terreno de la realidad a través de una historia familiar. Dentro de una familia aparentemente normal, cada noche se desata el horror, y una madre y sus dos hijos conviven con la bestia del cuento.

“Me di cuenta de que había escrito una historia de sororidad”

Al terminar la novela no me di cuenta, pero después de dejarla reposar y de volver a las revisiones y lecturas previas a su publicación, fui consciente de que había escrito una historia de sororidad que aglutinaba todas las historias que conocía y que me habían contado.  Sentí que el deseo era ese, dar voz a una hermandad cada vez menos muda en la que el apoyo, el reconocimiento del sufrimiento de las mujeres que te rodean es darte voz a ti misma.

La escritura es ya un arma más contra el patriarcado porque la voz no nos la pueden quitar. Fue bonito descubrirlo a través de una novela, un texto de ficción, que no tenía esa intención inicial al ser concebido. Es, sin duda, la historia que tenía que escribir, vino a mí.

Elsa Veiga, autora de “Me desperté con dos inviernos a los lados”.

P.- ¿Cuánto hay de realidad y de ficción? 

R,.- Una novela es ficción, pero obviamente siempre hay elementos autobiográficos de los que tiras para escribir y que son muy útiles cuando quieres crear ambientes y personajes. Casi todas las mujeres de mi generación hemos tenido alguna experiencia negativa con esas llamadas relaciones tóxicas que nos han marcado ahora, pasado el tiempo, y gracias al “Me Too”, cuando nos hemos dado cuenta de que habían abusado de nosotras física y psicológicamente en el pasado, aunque entonces lo viéramos como parte inevitable de una relación cuando las cosas se torcían.

“Es difícil ver las orejas al lobo cuando estás enamorada”

Los hombres que decían querernos hacían lo que hacían por nosotras, porque nos amaban.  Es muy difícil verle las orejas al lobo cuando estás enamorada. Es difícil odiar al padre cuando te han dicho que hay que amarlo y venerarlo. Otro invento del patriarcado y de la religión.

P.-  ¿Es su historia?

R.- No es un texto autobiográfico, en este sentido no es mi historia, pero como decía, sí hay parte de mis experiencias propias y de gente real, de amigas, que  han compartido conmigo sus vivencias, y en este sentido sí es mi historia, nuestra historia, la de muchísimas mujeres que han sufrido en silencio y con naturalidad, como un hecho más en sus vidas, este tipo de situaciones violentas.  Yo las he llevado al extremo porque quería contar el extremo, cómo se sienten esas mujeres torturadas día tras día, sin salida, y sus hijos.

Este punto de vista era importante. Mi protagonista es hija de una bestia que ejerce la violencia con naturalidad sobre su esposa y sus dos hijos porque la sociedad le permite hacerlo. Nos echamos las manos a la cabeza cuando muere un niño a manos de sus padres, lógicamente; hay una condena social unánime.

Pero cuando muere una mujer a manos de su pareja, inmediatamente leemos entre líneas, queremos saber más, cómo vivía, cómo vestía, si tenía amantes. Hay un punto de sospecha y nos convertimos en jueces. Quizá ella lo provocara, investiguemos, no vamos a darle nuestro apoyo así como así, no es una víctima inocente. Ni muertas nos amparan sin fisuras.

P.- La estructura es muy interesante y está muy bien,  porque en esta materia es fácil caer en un lado o en otro, el drama o la contención, y hay un justo punto.

R.- Me costó mucho crear una estructura atractiva y que encajara con la historia. Hay un tema principal en la novela, esas mujeres de tres generaciones que viven los accesos de violencia de sus progenitores o parejas, pero no podía ser una historia lineal ni que contara la violencia de un modo explícito. Quise escribir una primera parte opresiva, asfixiante, en la que la casa fuera casi un personaje más.

Una casa pequeña, humilde, en la que se sucede cada noche el maltrato, del que doy detalles cuando la madre de la protagonista se limpia la piel con una toalla húmeda y va recorriendo el camino que marcan los moretones. O cuando el hermano de Cara, Nato, llega a casa y espera que esta esté ya en silencio porque el padre está dormido, roncando ruidosamente, como el gigante de los cuentos infantiles, pero huele la sangre de la madre, a la que encuentra encerrada en el baño a la espera de que el marido se haya dormido para poder descansar ella. Detalles, frases, escenas íntimas, pero no excesivamente dramáticas.

“Quería provocar ese miedo que sienten los personajes ante la llegada del padre, del marido”

A considerarlo un drama o una historia de terror tiene que llegar el lector solo, no hay que forzarle a que te crea. El personaje de la Sombra, que aparece cuando la violencia está a punto de desatarse, como un oráculo del miedo, me ayudó mucho a no resultar excesiva, a contenerme en las escenas de violencia física y verbal explícitas. Con su aparición quería provocar en el lector ese miedo que sienten los personajes ante la llegada del padre, del marido.

Y la segunda parte de la novela es la que más gocé escribiendo. Siempre me ha fascinado el tema de la Guerra Civil española por lo injusta y lo terrible, por lo que ha cambiado la historia de las mujeres que me rodean: mi abuela, mi madre, yo misma. Qué distinto habría sido todo si no hubiera ganado Franco y el fascismo. Cómo seríamos como sociedad. Y llevado al tema de la novela era muy interesante plantearlo, porque la abuela de Cara vive esa guerra y es también víctima del maltrato. Hilaba con la idea que quería plasmar, que la violencia contra las mujeres ha existido siempre, desde hace siglos.

P.-  Son tres generaciones de mujeres que han sufrido mucho, ¿por qué tarda tanto el ¡basta ya!?

R.- En primer lugar, porque la violencia en el ámbito de la pareja y de la familia se ha considerado algo íntimo, privado, donde nadie ajeno a ella debía meterse. A  las mujeres se nos ha educado para que creamos que un hombre ha de ser rudo y dulce a partes iguales, y cuando se desata la rudeza y hablamos ya de violencia los límites no están muy claros. Se habla de hombres de mal carácter, más agresivos, como una parte de su personalidad y no como un arma de dominio infalible con algunas mujeres, diría que con casi todas.  Cuando quieres a alguien te parece imposible que pueda pasar la línea permitida, admitir que eso que ejerce sobre ti no es amor sino control, movido por un egoísmo brutal.

Detectar al maltratador o posible maltratador cuando conoces a alguien y te enamoras es muy difícil. Ha pasado hasta en las mejores familias, como se suele decir, y no solo entre mujeres más desfavorecidas o con menos estudios, como nos ha querido vender el patriarcado. Esto lleva pasando toda la vida. Abuelas, madres, hijas… Solo tenemos que remontarnos a los hechos históricos en los que las mujeres han sido oprimidas, a nuestras propias historias familiares del pasado. Siempre hay un hombre con ese llamado «mal carácter» que tenía atemorizada a su mujer y a sus hijos.

-P.-¿Crees que esa capacidad heredada de comprensión y perdón que han tenido las mujeres históricamente puede ser al final una trampa?

R.- Creo que a las mujeres se nos ha educado para las emociones, para comprender y asesorar, para hablar, comunicar  y explicar. El lenguaje interno y externo, que en realidad es un arma de doble filo que hay que utilizar con cuidado. Se nos ha dicho que nosotras somos las que, desde nuestra madurez emocional, mayor que la del hombre, debemos educar al varón como madres, como esposas. Seremos madres de nuestros hijos, pero también de nuestras parejas, porque ellos son seres inconscientes e infantilizados que no saben moverse en el mundo sin nosotras. Pero ojo, eso en casa. En el terreno laboral, apártate, que de eso saben más ellos. Esta herencia, en realidad, es histórica.  Los roles de género, como los conocemos, no tienen una base biológica, como pretende hacernos creer el patriarcado, sino histórica.

“La lucha feminista necesita de hombres con emociones sin complejos”

La lucha feminista necesita de hombres con emociones sin complejos, para los que la familia y los vínculos sean igual de importantes que para nosotras, pero porque realmente lo son, porque sin eso no podemos crear sociedad ni comunidad.

– P.- Este tipo de situaciones familiares han sido y son muy comunes todavía, el terror que describes se siente en la garganta. ¿Cómo ha sido describir esto? ¿Cree que el libro puede ayudar a rasgar el velo y romper tabiques?

R.- Para escribir las situaciones que narro en el libro tuve que ponerme en la piel de esos personajes. No me costó. Cada vez que tenía que sumergirme en lo más oscuro, en las profundidades de la violencia, me distanciaba. Realmente, tú solo eres el medio para un fin. Dejas de pensar en ti y te empiezas a poner capas que van protegiéndote y alejándote de ti misma y acercándote al personaje que quieres hacer real y verosímil. Puede ser espantoso lo que estés contando, pero sin distanciamiento no puede hacerse. Eso es escribir ficción.

Esto lo he hecho yo, te dices, y no sé cómo exactamente. El capítulo de la violación explícita que aparece en la novela fue como ver la escena de una película y describirla. Yo estaba allí, pero no estaba. No sé si el texto podrá ayudar a romper esos tabiques, esas brumas que rodean la violencia de género, pero confío en que sí, porque me han escrito muchos lectores anónimos diciendo lo mismo, que qué bien que haya contado una historia así, que era necesaria, que les ha emocionado, que se han visto reflejados.

Hombres y mujeres, ¿eh?, que me han escrito muchos hombres, aunque su lectura es muy distinta a la de las mujeres, es curioso. En el caso delos hombres, les vence el espanto. Les gusta, pero noto que lo que cuento les parece abrumador, excesivo. En el de las mujeres hay una comprensión rapidísima e intuyes que tienen a alguien cercano, quizá ellas mismas, que han pasado por algo así.

P- La ficción puede llegar mucho más lejos que muchos ensayos que hablan de maltrato. ¿Está de acuerdo?

“No hay ningún ensayo que pueda describir mejor lo que cuenta esta novela”

R.- La ficción, completamente. Hay una novela que leí hace poco, “Cárdeno adorno”, de Katharina Winkler, que creo que es uno de los mejores textos de ficción que se han escrito sobre el tema porque lo aborda todo, es un ejemplo vivo y sin tapujos del maltrato. Es tal la dureza del libro que mucha gente no puede ni leerlo, lo abandona a la mitad. Me pasó lo mismo. Lo dejaba y volvía. Estremecedor, no hay ningún ensayo que pueda describir mejor lo que cuenta esta novela.

P.- En esta situación de confinamiento en casa, el maltrato tiene aún más espacio. ¿Cómo lo ve?

R.- Imagínate a un maltratador, como el padre de Cara, al que retrato en la novela, como el clásico alcohólico de bar, fanfarrón, chulo (de estos sí he conocido a varios) encerrado estos días entre cuatro paredes en una casa de veinte metros cuadrados junto a sus víctimas: su mujer, sus hijos. Así día tras día. El horror. Yo lo que espero es que cuando termine el confinamiento, muchas de esas mujeres decidan, por fin, denunciar, abandonar esas casas y a sus parejas.

Es un tema complicado, no es tan sencillo como llamar a un teléfono de ayuda y ya está, cambio de vida. Imagínate lo que puede ser abandonar todo lo que has construido y dejar atrás a una persona que te ha hecho creer que no vales nada, que sin él no serás nada, no podrás salir adelante.

P.- En su opinión, ¿cuál es la causa de que la sociedad haya sido tan permisiva con esto?

“La violencia de género es una pandemia”

R.- Vuelvo a lo que te decía antes. Hasta hace bien poco (y aún hay gente que lo piensa) se consideraba que ese tipo de conflictos eran domésticos y se producían dentro de espacios privados donde nadie tiene derecho a meterse. Oyes gritar a un niño, a una mujer en el piso de al lado, y subes el volumen de la tele. Eran hechos de parejas mal avenidas, desagradables. Desde las instituciones y los medios de comunicación se ha tratado la violencia de género como un crimen más en entornos humildes. Luego te enteras de que una actriz famosa, una abogada rica, una mujer de éxito y económicamente independiente, también lo ha padecido, y entiendes que es una pandemia, que está en todas las capas de la sociedad y que ha existido siempre.

Y desde las instituciones y los partidos conservadores, en general desde el patriarcado, se nos sigue atacando a las mujeres, y nos dicen que es una violencia que nos afecta a todos, a hombres y mujeres por igual, y entonces te echas a temblar. Aún hay muchos hombres progresistas, inteligentes, que no acaban de comprender el feminismo y la reivindicación de unas leyes más justas para este tipo de muertes por violencia de género. Tienen tanto miedo de renunciar a sus privilegios y de perder el control sobre nosotras, y en consecuencia sobre ellos mismos, que el egoísmo los ciega.

P.- Hemos progresado, pero también hay reacción a ese progreso. ¿Cómo ve la situación hoy?

R.- Hemos progresado muchísimo, me siento orgullosa de la sociedad en la que vivo, de las mujeres y los hombres que están luchando por cambiar cada día más las cosas, de avanzar hacia una igualdad real, verdadera. La irrupción de la extrema derecha en la política española en las últimas elecciones es un claro ejemplo de ese paso atrás contra el que tenemos que luchar con uñas y dientes desde el feminismo.

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