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La escritora Marta Sanz, quien acaba de publicar "pequeñas mujeres rojas". Foto de Carola Melguizo cedida por Anagrama.

Marta Sanz: “Me da miedo cómo nos roban las palabras”

Carmen Sigüenza - 6 mayo, 2020

Marta Sanz, una de las escritoras españolas más relevantes y necesarias por su mirada profunda e incisiva, publicó su última novela, “pequeñas mujeres rojas” (Anagrama),  justo unos días antes de que la pandemia del coronavirus parara el mundo. Ahora, el libro, que ha tenido muy buenas críticas, ya está más cerca del lector con la reciente apertura de las librerías. De él habla la autora con Efeminista, de la memoria, del cuerpo, de la violencia contra las mujeres  y de la situación actual. “Me da miedo cómo nos están robando las palabras”, dice.

Feminista, autora de libros como “Monstruas y centauras”, un título que se ha hecho simbólico y necesario para reflexionar sobre acontecimientos como el #MeToo, el  8M, la sentencia de la Manada o las diferentes visiones del feminismo, Sanz  (Madrid, 1967) ha escrito también obras como “Daniel Astor y la Caja Negra”, “Farándula” o “Clavícula”. Y ha recibido, entre otros, el Premio Herralde de Novela, Premio Ojo Crítico o Vargas Llosa de novela o Tigre Juan.

Pregunta .- ¿Cómo está viviendo esta situación?

Respuesta.- No sé cómo responder a esa pregunta. Algunos días me siento serena, estoy tranquila y me digo, risueña, que empiezo a ser víctima del síndrome de Estocolmo. Otros días tengo unas ganas locas de salir y de recuperar el tiempo perdido. Siento angustia y una pena enorme por todas las personas que han muerto solas. Otros días, me obligo a transmitir alegría, porque, al fin y al cabo, a mí no me ha golpeado directamente el horror. Otros, me siento mezquina por preocuparme por mi novela, que se quedó congelada nada más salir. Otros, me digo que tengo derecho a conservar mis ilusiones y luchar por las cosas en las que siempre he creído.

Una ética y una política de los cuidados es nuestra única posibilidad

P.- ¿Cree que después de mostrarse o de constatarse la fragilidad humana y el hecho de que la muerte está ahí, cambiaremos algo o seguiremos igual?

R.- De algún modo, su pregunta y mi respuesta están empapadas por el tono de la respuesta anterior: a veces pienso que nuestra vida cambiará de arriba abajo y otras que no cambiará absolutamente nada.

El problema es que no sé cuál de los dos pronósticos es el deseable, o cuál de los dos me da más miedo. Nuestra normalidad era la crisis, pero hoy, desde nuestra casa, hasta esa normalidad, crítica y perdida, se recuerda con nostalgia. Incluso con una sensiblería que puede ser contraproducente. En todo caso, la conciencia de una fragilidad que no es solo nuestra, sino que crea conciencia de grupo, es la que nos hace fuertes y la que me lleva a pensar que una ética y una política de los cuidados es nuestra única posibilidad.

En cuanto a la conciencia o  la proximidad de la muerte, siempre nos ha acompañado, pero en este momento solo me interesa pensar en ese tema en términos de desigualdad o en términos políticos. Pienso que la amenaza de la muerte se ha usado desde las religiones para inocular miedo a la vida, y mi aspiración es vivir, que todos y todas vivamos mucho, bien, sin represiones.

En ‘pequeñas mujeres rojas’, la violencia contra nuestro cuerpo es violencia en el ámbito de la realidad

P.- Unos ayudan y aplauden, otros delatan o denuncian a sanitarios por verlos como posibles contaminadores. ¿Cómo lo ve?. Precisamente en su última novela, ‘pequeñas mujeres rojas’,  habla de esto también, de la existencia del delator.

R.- En ‘pequeñas mujeres rojas’ se plantean preguntas sobre el significado de las palabras y los modos de representar la realidad: eso forma parte del oficio de quienes nos dedicamos a escribir. También se apunta hacia la idea de que, a veces, pensar en términos absolutos y universales es malsano: por ejemplo, decir “las guerras son malas” es un pensamiento verdadero, incluso obvio, gastado por repetido, pero que no aporta nada y emborrona la posibilidad de otras preguntas que sí nos ayudarían a aprender: ¿quién inicia las guerras?, ¿con qué intereses?, ¿contra quién?, ¿quién gana?, ¿quién pierde?, ¿cómo los vencedores dosifican su victoria o sus métodos de represión? .

Tenemos que reflexionar sobre lo concreto, lo histórico, lo lingüístico entendido en su contexto para no caer en una banalidad generalizada que, además, bajo la máscara de la neutralidad y la normalidad, está ideológicamente marcada por el discurso hegemónico. Por los dueños de las palabras. En ‘pequeñas mujeres rojas’ se aspira al sueño de una lengua común, como decía Adrienne Rich, y se da vueltas a la idea de que lo que, bajo unas determinadas condiciones políticas se llama “delación”, en otras se llama “conducta cívica”: la acción es la misma, pero la manera de nombrarla no. Con la representación de la violencia contra el cuerpo de las mujeres sucede lo mismo: en el imaginario cultural heteronormativo, violaciones, asesinatos y raptos de mujeres se formalizan a través de un estilo atractivo, sensual, mórbido, que puede acabar colgado en la pared de un salón.

En ‘pequeñas mujeres rojas’, la violencia contra nuestro cuerpo es violencia en el ámbito de la realidad y violencia en el ámbito de un lenguaje que la camufla, la dulcifica o la convierte en vendible. La normaliza. Obviamente quienes denuncian a los posibles contaminadores y pretenden expulsarlos de sus comunidades de vecinos me parecen seres insolidarios que no tienen ninguna justificación, moral ni política, para hacer lo que hacen: en este caso su conducta no es cívica, pero tampoco son delatores porque el sistema, en este momento, aspira a proteger a los héroes y las heroínas de la sanidad. Y a los reponedores y cajeras de los supermercados.

Una democracia de calidad no será posible hasta que no tomemos conciencia de que el pasado forma parte de nuestro presente

P.- Volviendo a la novela con la que cierra la trilogía del detective Zarco, tras “Black, black, black” y un “Buen detective no se casa jamás”, usted hace una reflexión sobre la memoria histórica y la violencia, en especial contra las mujeres, mujeres represaliadas, violadas, maltratadas, asesinadas, en un relato protagonizado por Paula Quiñones que viaja a Azafrán para localizar fosas comunes de las víctimas de la guerra civil. ¿Qué ha querido contar?

R.– He querido contar que una democracia de calidad no será posible hasta que no tomemos conciencia de que el pasado forma parte de nuestro presente. De la mala memoria y de la memoria mala. De la diferencia entre expresar conocimientos, expresar opiniones o decir mentiras para deformar el pasado y hacer daño en el presente. De que a veces los asesinos ganan e imponen sus códigos. Y que esos códigos terribles terminan pareciéndonos normales y formando parte de nuestros deseos: por eso algunas mujeres, fuertes y valientes, se aniñan y se hacen pequeñitas en sus relaciones sentimentales. Se dejan chupar la sangre pensando que viven un amor de verdad, un amor de película.

También he querido hablar de una sociedad y de un sistema intrínsecamente violentos que se ceban contra las y los más débiles. Del lenguaje y de los relatos, de las maneras de contar, como modalidades de violencia que forman parte de la realidad en la que se basan y a la que regresan. Y, por supuesto, he querido contar cómo cada lectora se apropiará de este libro en función de sus experiencias y de su propia vida.

Leer despacio, sin prisa, en los tiempos de precipitación y visceralidad fascista

P.- La novela tiene muchas voces corales, muchos muertos, muchas mujeres bajo tierra y ausentes. ¿Quiénes son?

R.- Somos yo y usted y vosotras y ellos, y el yo entendido como primera persona del plural. Son la concreción literaria de una idea: los seres humanos singulares somos la síntesis de las voces que nos conforman. Los fantasmas, los relatos de autoridad, las leyendas… En la novela hay una parte epistolar en la que Paula escribe a Luz Arranz y Luz comenta las cartas de Paula a un interlocutor ausente, culpable por su ausencia, Arturo Zarco. Por otra parte, bajo las cartas de Paula, están las respuestas invisibles de Luz.

En otros capítulos de la novela hablan los niños perdidos y las mujeres muertas, desde la fosa, con socarronería, desdiciendo el discurso solemne que a veces caracteriza los relatos de la memoria: se ríen de sus miedos y ensalzan sus valores, intentan que sus voces se oigan en el espacio de un presente que es atroz, entre otras razones, porque ellos siguen siendo desaparecidos y desaparecidas. En algunos tramos de la novela se echa de menos que los animales hablen y todo el rato se juega con el punto de vista: desde el pasado hacia el presente, desde la fosa hasta el vuelo panorámico de los pájaros. Todo bajo la sugerencia de leer despacio, sin prisa, en los tiempos de la precipitación y la visceralidad fascista.

La carne, la mujer y la memoria

P.- ¿Por qué una novela con tintes negros, de misterio o góticos para contar este relato? ¿Es una buena herramienta de denuncia que saca a flote lo invisible?

R.-La novela es profundamente política porque es profundamente poética. Aspira a serlo. Esta novela se relaciona con mis poemarios sobre la carne, la mujer y la memoria. Además nace del presentimiento de que la ficción es verdad, de que los relatos se nos meten en la carne; por eso juega con diferentes géneros -especialmente el negro y el terror, el cuento de hadas y el western- y lo hace a partir de una premisa muy optimista: la de que la literatura no solo refleja la realidad, sino que además puede construirla. Es importante. Se nos mete dentro y actúa como una maza contra nuestros prejuicios. O al revés: los solidifica. Leer no es siempre un acto subversivo; a veces, leer es una acción adormecedora o asertiva respecto a una realidad injusta.

En cuanto a lo invisible, yo creo que el lenguaje delimita, busca los contornos, de las figuras escondidas en la realidad. Busca la silueta de lo que no tenía forma, pero que, en cuanto es nombrado, se ve: injusticias, pobrezas, represiones, machismo, explotación, virus. Esos son los elementos de la invisibilidad contemporánea. Una normalidad fantasmagórica, que es visible pero que no queremos ver, y que sacamos a la luz para resignificar el concepto de “normalidad” y transformar la realidad a través de una literatura distinta. Porque, a veces, cuando leemos literatura de género tenemos la impresión de que todos los libros son el mismo libro… A mí me interesa la literatura intrépida que nos interpela por cómo está escrita, por su imprevisibilidad, por la inesperada manera de combinar las palabras para que lo real se alce delante de nuestros ojos.

P.- ¿Por qué el título en minúscula “pequeñas mujeres rojas”?

R.- Para reivindicar la literatura como territorio de juego y transgresión. La literatura no es el territorio de lo correcto, sino de lo que se estira, se deforma, se saca del contexto previsible, para que otras realidades nos interpelen y podamos conversar con ellas. Es una manera traviesa de cuestionar el canon. Por otro lado, la p minúscula subraya, desde el punto de vista del significado, la pequeñez de Paula que se hace más pequeñita todavía, como Alicia después de haberse comido la galleta, cuando se enamora. Una mujer fuerte, valiente, inteligente, se pone en peligro, revela toda la fragilidad de su cuerpo, en la vivencia del amor.

P.- Francis Bacon aparece en el libro, ¿su representación de violencia le interesa ?

R.- Muchísimo. Me interesa cómo Bacon habla del sistema nervioso personal de quienes nos dedicamos a los oficios artísticos: ese sistema nervioso personal, que tiene que ver con nuestro género, nuestra clase, nuestra raza, nuestra educación, nuestras opciones sexuales, nuestra salud, nuestra ideología, se concreta en el estilo que elegimos para representar la realidad. Con un estilo dulce podemos dulcificar la realidad más violenta, con un estilo abrupto y agresivo podemos convertir en repugnante toda la supuesta ternura del mundo. Me interesa esa concepción del lenguaje estético que no traduce lo real, sino que interviene en lo real para aportar un punto de vista a partir del cual las receptoras y receptores conversan con los textos. Esa conciencia sobre la textura del lenguaje artístico está en el origen de la lectura y el pensamiento crítico.

Temo que la violencia económica de esta crisis acentúe la violencia económica que ya se ejerce contra el cuerpo de las mujeres

P.- ¿Cree que como consecuencia de esta crisis los derechos de las mujeres podrían dar un paso atrás?

R.- Temo que la violencia económica de esta crisis acentúe la violencia económica que ya se ejerce contra el cuerpo de las mujeres en el trabajo y en la ausencia de trabajo. Y además pienso que esa violencia económica es indisoluble de un imaginario cultural que configura el espacio de nuestra intimidad y que nos transforma en seres vulnerables. La explotación económica de la mujer, su discriminación laboral y social, no puede separarse de la realidad de los feminicidios. Cuando las vacas son más flacas, las brechas de la desigualdad se ensanchan y se dan pasos atrás en conquistas obvias. Me parece que no lo podemos permitir y vuelvo a la incertidumbre del principio: no sé si la experiencia de esta pandemia terrible nos enseñará algo.

La amenaza de la precariedad no enseña casi nada y, aunque ya sabemos que sin salud no hay economía que valga, la economía es también un factor de riesgo para la salud. Especialmente para la mala salud de las mujeres, de las mujeres pobres, de las mujeres pobres inmigrantes, etc. etc.

Me da miedo cómo nos están robando las palabras

P.- En su libro se reclama leer ‘despacio’. ¿Cómo está viendo el ruido qué hay en este momento y la propagación de bulos?

R.- Me da miedo cómo nos están robando las palabras. Cómo la libertad solo se asocia a la libertad de mercado o cómo la libertad de expresión se solapa torticeramente con la mentira, el insulto, la denigración o la amenaza más desfachatadas. Cómo se relacionan puritanismo y feminismo, cuando las feministas españolas han luchado toda la vida por salir del corsé de una moral represiva nacional-católica.

Me da miedo cómo se demoniza la palabra ideología -relacionándola con ideología de izquierdas- partiendo de la base de que existe la posibilidad de hablar desde la pureza, la neutralidad y la ausencia de intereses: esa es la mayor falacia y el peor de los bulos, la máxima que más nos manipula. Por eso es necesario leer despacio y analizar quién habla y desde dónde y para quiénes. No dar nada por supuesto. Pensar, leer, conversar. Establecer vínculos. Cuidarnos, protegernos, reivindicar la racionalidad. Pararse un segundo para salir de las inercias sistémicas y de las ruedecillas del hámster que nos enferman y nos debilitan.