filósofa alemana

Hannah Arendt (1906-1975) filósofa y teórica alemana, una de las pensadoras más importantes del siglo XX. Foto cedida por la editorial Taurus

Lo mejor de Hannah Arendt, la pensadora para comprender el siglo XXI

Carmen Sigüenza - 13 diciembre, 2019

Hannah Arendt, una de las pensadoras más importantes e influyentes del siglo XX, dedico su vida a tratar cuestiones como el semitismoel totalitarismo, la crisis de la autoridad, la educación o el origen del mal. Filósofa de formación y dedicada a la teoría política, Arendt fue una adelantada de su tiempo que creó una obra lúcida y brillante ante las contradicciones de la modernidad.

Ahora se publica una antología con el título de “Hannah Arendt, la pluralidad del mundo”, editado y prologado por Andreu Jaume, en Taurus, que ofrece un recorrido por las principales inquietudes temáticas de su obra.

Arendt sufrió el nazismo

Nacida en Linden (Hanover), el 14 de Octubre de 1906, creció en Königsberg, la ciudad de su admirado Immanuel Kant. Estudió Filosofía en Marburgo, donde tuvo como profesor a Heidegger, con quien mantendría una relación amorosa y complicada a finales de los años 20 y a cuyo favor testificaría dos décadas después, cuando se estudiaba el alcance del pasado del filósofo y su vinculación con el nazismo. 

De familia judía laica, Arendt sufrió el nazismo en primera persona. En 1933 fue detenida en Berlín, “y, en un golpe de suerte, puesta en libertad al cabo de poco tiempo”, como explica en la introducción del libro Andreu Jaume.

Emigró a París, “donde en 1937 perdió la ciudadanía alemana convirtiéndose en una paria”. En estos años de exilio en Francia, Arendt ayudó al movimiento sionista con la emigración de niños y adultos procedentes de la Europa central. Allí frecuentó a Walter Benjamin, quien sería un amigo fundamental.

El origen de los totalitarismos

En 1940 se casó con Heinrich Blücher, su marido hasta el final. Con la guerra encima, la pensadora pasó cinco semanas en el campo de concentración de Gurs, al sur de Francia de donde logró escapar y finalmente irse con su marido a Nueva York, donde residiría hasta su muerte, y donde obtuvo la nacionalidad estadounidense.

Desde su juventud, Arendt abordó trabajos muy importantes como su estudio sobre Rahel Vernhagen, y luego se consagró con sus libros “Los orígenes del totalitarismo” (tres tomos), La condición humana, “Eichman en Jerusalén”, “Sobre la violencia”, “Crisis de la república” o “La libertad de ser libres”.

En esta antología, que está ya en la calle, Andreu Jaume ofrece una visión panorámica de su obra. Un libro que también incluye la entrevista que le hizo en 1946 Günter Gaus, que fue emitida por la televisión alemana, y que sigue viéndose en las redes con gran éxito.

En ella, Arendt, aclara que no es filósofa. “No pertenezco al grupo de los filósofos. Mi profesión, si es que se puede decir así, es la teoría política. No me siento en modo alguno filósofa. Tampoco creo que me hayan aceptado en el círculo de los filósofos, como usted supone amablemente (en referencia al periodista). Pero yendo a la otra cuestión que aborda en su observación preliminar…Dice usted que, según las ideas dominantes, se trata de una ocupación masculina. Bien, no tiene por qué seguir siéndolo. Podría ocurrir perfectamente que hubiera una mujer filósofa…”,  le espeta al entrevistador.

“Eichmann en Jerusalén”

Su libro “Eichmann en Jerusalén”, el ensayo escrito a partir del juicio, en 1961, contra Adolf Eichmann, teniente coronel de la SS  y uno de los  organizadores de la llamada  Solución Final para aniquilar a los judíos de Europa, es uno de los mejores estudios que se han escrito sobre el Holocasuto, un libro estremecedor, muy simbólico, que tuvo polémica en Jerusalén , y donde la autora habla de “la banalidad del mal”.

En este ensayo sobre la condición humana, Arendt, que asistió a una parte del juicio y primero publicó algunos reportajes para New Yorker antes de convertirse en un libro, explica cómo Eichmann, un ser normal, un mediocre, con un lenguaje burocrático como demostró durante el juicio, “solo hablaba con frases hechas”, no mostró ni un rasgo de culpa o arrepentimiento. Solo “obedecía órdenes”. Era su obligación, su trabajo.